
Una historia de barrio, hornos de leña y recetas que pasan de padres a hijos. La de Confitería Emilio Marín, en Cartagena desde 1945.
Aquí no hay fábrica ni cadena de montaje. Hay un obrador, una manga pastelera y la misma forma de hacer las cosas desde 1945: con tiempo, con mimo y con materia prima de verdad.
Cada bombón se rellena a mano, uno a uno. Es más lento, sí. Pero es justo lo que diferencia un dulce hecho con oficio de uno hecho con prisa.
Emilio Marín abrió en 1945 una pequeña panadería artesanal en la calle del Cañón, junto al anfiteatro romano de Cartagena. Eran tiempos económicamente difíciles, y nuestros abuelos hicieron del oficio una forma de vida.
Las masas se elaboraban con masa madre, amasadas a mano en artesas de madera. Los hornos, situados en la Cuesta de la Baronesa, perfumaban el barrio cada amanecer.
A principios de los años sesenta, Cartagena cambiaba y nosotros con ella. Trasladamos el negocio a la calle Ángel Bruna 36, donde seguimos hoy. La calle todavía estaba sin asfaltar: los clientes accedían a la tienda por unos tablones de madera para no mancharse.
Pronto ampliamos a pastelería, con nata montada propia y crema casera. Cuando la mujer se incorporó masivamente al mundo laboral, abrimos la sección de comidas preparadas para llevar. Más tarde llegaron la heladería, los bombones y el catering para empresas.
Hoy, la tercera generación mantiene viva la receta original mientras incorpora las técnicas más modernas. Seguimos amasando con cariño cada día.
Cada producto pasa por nuestras manos. Sin atajos, sin prisas, sin trampas industriales.
Mantequilla, harinas, frutos secos y huevos seleccionados. La calidad se nota en el primer bocado.
Llevamos más de 80 años con los mismos vecinos. Los conocemos por su nombre y por su pan favorito.
Pasa a tomar un café, llévate el pan recién hecho o encarga una tarta para tu próxima celebración.